Episodio 3: «Mi jefe me pidió feedback (y no supe qué decirle)»

Mi jefe cruzó las manos como en un TED Talk y me dijo: "Dime la verdad, soy cero rollos". Y ahí, con una sonrisa nerviosa, hice exactamente lo contrario a lo que pensaba. Un "todo bien, jefe" me salió del alma… y me odié un poquito.

Martín sigue siendo bueno en lo suyo. Y sigue queriendo crecer. El problema es que crecer, a veces, significa decir cosas que preferirías callar.

Antes de contarles lo de esta semana, un asunto urgente: el Mundial me está costando plata.

Vengo apostando partido por partido con lógica, estadística y previas hasta la madrugada. Resultado: cero. Cristian, en cambio (sí, el mismo Cristian), apuesta a lo loco, muchas veces solo para llevarme la contra, y va ganando más que yo. Ayer le atinó a un 2-1 que nadie en su sano juicio habría jugado. Él se ríe, yo sufro, y encima cobra.

En fin, no vine a hablarles de fútbol. Vine a contarles algo que esta semana me costó más caro que las apuestas.

Porque venía haciendo la tarea. Después de lo del almuerzo me propuse «depositar» en la gente, como me enseñó el mentor: saludar aunque no necesitara nada, quedarme cinco minutos más, preguntar y de verdad escuchar. Y algo pasó: la gente empezó a notarme. Lo cual está buenísimo… hasta que te notan de más.

Porque un martes, mi jefe me llamó a su oficina.

Aquí una aclaración sobre mi jefe. Se llama Renato, pero no quiere que le digan jefe. «Díganme Renato, aquí somos horizontales», dice, desde su oficina, que es la única con puerta. Tiene una frase de coach para cada ocasión: «salgamos de la zona de confort», «el error es aprendizaje», «mi puerta siempre está abierta». La puerta, en efecto, siempre está abierta. Lo que no está tan claro es qué pasa cuando entras.

Ese martes cruzó las manos como en un TED Talk, o como si fuera a meditar.

Martín, quiero crecer como líder. Y para eso necesito feedback real, sin filtros. Dime con toda confianza: ¿qué estoy haciendo mal? Soy cero rollos, aquí no pasa nada.

Sonreí. Por dentro, me quedé frío.

Porque sí tenía cosas que decirle. Un montón. Que cambia de opinión tres veces por semana. Que felicita a quien habla más fuerte, no a quien trabaja mejor (ejem, Cristian). Que su «puerta abierta» se cierra apenas le dices algo que no quiere oír. Y que su perfume a lavanda me da alergia, jaja.

Pero de mi boca salió un glorioso:

Eh… no, todo bien, Renato. Buen liderazgo, la verdad. Quizás mejorar un poco el tema de las urgencias, pero eso es por el negocio, por lo dinámica que es la industria.

Buen liderazgo, la verdad. Me odié un poquito.

Salí de ahí con la sensación de haber perdido una oportunidad y, peor, de haber mentido con una sonrisa. Así que hice lo que hace cualquiera que no quiere pensar solo: fui a buscar a Raquel, de Marketing, la más sensata que conozco, y le conté lo que acababa de pasar. Sin dejar de teclear, me contestó:

Hiciste bien. Le dices que todo bien, lo dejas contento y listo. Mejor llevar la fiesta en paz, Martín. El que dice la verdad en la oficina termina mudado a un escritorio cerca del baño. Además, ¿te acuerdas de las peleas con tu ex cada vez que te ponías sincero?

Y sí. Me acordé. Cada vez que era sincero con ella, terminaba sintiéndome el culpable. Sin darme cuenta, aprendí que ser sincero salía caro. Que era mejor tragarse las cosas. Spoiler: no era mejor.

Con esa duda encima, ya saben a dónde fui. Café de siempre, seis de la tarde, mi mentor llegando con su media sonrisa.

Le conté todo: el «díganme Renato», el «buen liderazgo la verdad», el consejo de Raquel. Esperaba que le diera la razón a alguno. En cambio, me miró y soltó:

A ti y a Raquel les falta carácter para ser directos y objetivos. Si sigues así, no vas a ascender, Martín.

Y acto seguido, sin despeinarse, le pidió un alfajor al mozo. Me suelta esa bomba y se pide un alfajor como si nada. Así es él.

Tomó su café, sin apuro. Odio cuando hace eso.

Feedback es cuidar a alguien diciéndole la verdad. No lo haces para desahogarte ni para quedar bien. Lo haces porque te importa que la persona mejore. Callar no es amable, Martín. Es cómodo. Y no es lo mismo.

Me quedé pensando en Raquel. En mi ex. En todas las veces que confundí guardar silencio con ser buena gente.

Y remató:

El punto no es si le dices o no le dices a Renato. Es cómo se lo dices, y para qué. Si es para hundirlo, mejor cállate. Si es para que crezca, le debes esa conversación.

Salí distinto. Todavía muerto de nervios, ojo. Porque una cosa es entenderlo en un café, y otra muy distinta es tocar la puerta (abierta, siempre abierta) de Renato y decirle la verdad.

Pero eso es la próxima semana.

Martín

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