Martín es bueno en lo suyo y quiere crecer. Esta es su historia, capítulo a capítulo. Quizás te suene conocida.
Me llamo Martín y trabajo en una empresa del sector financiero, en San Isidro. Por ahora voy dos días a la oficina, aunque se rumorea que pronto serán cuatro. Espero que no. Acabo de terminar una relación de cuatro años, y volver más días a la oficina solo aumenta las probabilidades de cruzarme con ella. Para mi mala suerte, nuestras empresas comparten edificio. Por eso elegí ir justo los días que ella no va. Estrategia de supervivencia emocional, le digo yo.
Soy millennial y quiero ascender. Y lo quiero de verdad: mis amigos de la universidad ya son jefes, y no pienso quedarme atrás. Suelo hacer bien mi trabajo, y siempre creí que con eso bastaba para crecer. Y eso, justamente, va a ser mi gran problema en las próximas semanas.
El lunes lo confirmé otra vez.
Llevaba tres días dándole vueltas a una idea para destrabar el proyecto que nos tiene a todos corriendo. El viernes, emocionado, se la conté a Cristian —mi amigo de la oficina, el que le cae bien a todos—. «Buenísima, causa», me dijo. No sabía yo que contársela iba a ser el gran error de la semana.
Lunes. Reunión de equipo, sala fría, café aguado. Arrancó Finanzas con los números, como siempre: a veces nos motivaban, a veces nos aterrizaban de golpe. Y entonces le tocó a Cristian.
Se enderezó en la silla, carraspeó como quien va a decir algo histórico y soltó… mi idea. Tal cual. La misma que le conté el viernes entre dos cafés. Pero la dijo distinto: con las manos, con pausas dramáticas, con un «se me ocurre que podríamos…». La vistió de gala.
Al jefe se le iluminó la cara.
—¡Excelente, Cristian! ESO es pensar en grande.
A Cristian le brillaban los ojos. A mí me brillaba la úlcera.
Y lo peor vino después. Me tocó opinar a mí y no supe qué decir. Balbuceé un «sí… me parece buena la idea de Cristian». La idea de Cristian. Que era mía. Acababa de aplaudir mi propio robo. Para ese momento ya era tarde: el proyecto era de él, y yo quedaba como el que se cuelga de la idea ajena.
Salí de esa reunión y, con la misma euforia con la que un golden retriever persigue una pelota, le escribí a mi mentor: «Necesito verte. Hoy.»
Seis de la tarde, el café de siempre. Llegó sonriendo —cosa que me molestó, porque después de mi día nadie en el mundo debería estar feliz, jaja—. Le conté todo, esperando que se indignara conmigo.
No se indignó. Tomó un sorbo y me dijo algo que todavía me da vueltas:
La idea era buena, Martín. Pero las ideas no ganan solas. Hay que soltarlas en el momento correcto, frente a las personas correctas, y dichas de una forma que mueva a alguien. Cristian no te robó la idea. —Hizo una pausa—. Te ganó la sala.
Me quedé callado. El mentor se puso un poco más serio, aunque sin soltar esa media sonrisa, y remató:
—Tú le diste el qué a tu amigo, en un café. Él llevó ese mismo qué a la reunión, pero con un cómo. Y en una reunión, el cómo casi siempre se lleva el crédito.
Nunca lo había pensado así. Y por primera vez en todo el día, dejé de sentir bronca… y empecé a sentir curiosidad.
Porque si eso se podía aprender, yo lo iba a aprender.
Pero eso es la próxima semana.
Martín