NO SEAMOS CÓMPLICES

“Dile a mi mamá que no llore. Ya fue ya. Cuida a mi hija. Dile que la quiero. Ya fue todo. Ya fue, ya fue”. Fueron las últimas palabras entre tosiendo y llorando de Yovi cuando llamo a su tío Cesar pasada las 4 de la tarde.

Lo sucedido en la semana nos ha mostrado la peor cara del ser humano, la espalda de una sociedad cómplice de la desigualdad, de la informalidad,  de un sistema que no chorrea a todos por igual. Los dedos acusadores pidiendo justicia no faltan, esperemos que sea una justicia sin contemplaciones, sin arreglos bajo la mesa, donde el color de la piel y apellido compuesto  no sea determinante para una sanción justa.  Al mismo tiempo, creo que los mismos dedos acusadores deben dirigirse a un espejo y preguntarnos : ¿Qué tan cómplices somos de lo sucedido?.

Nos dicen que estamos en un país chévere, que la comida es espectacular, que nuestros incas y su imperio era envidiable,  que nuestro crecimiento sostenido nos convierte en la vedette de la región, pero cuando ocurren estos eventos, te das cuenta que nuestro país no tiene nada de chévere como creemos o nos hacen creer. El caso del incendio que acabo con la vida de estos  jóvenes, nos exige a cuestionarnos como personas, seres humanos, padres, hijos, estudiantes, como agentes activos de una sociedad que muestra su desigualdad de la forma más ruda, volviendo a hábitos propios de una esclavitud injusta y dolorosa.

Somos cómplices del sistema, de su desigualdad e intolerancia cuando compramos celulares y autopartes robados, cuando vestimos  a las nanas de blanco estableciendo horas para entrar al mar o salir al parque,  cuando contratas a ese empleado por un salario menor de lo justo, cuando vas a un lugar porque solo va gente “bien”, cuando tienes  ropa guardada mientras en el sur en este momento hay temperaturas de menos 10 grados,  cuando dices serrano, cholo , color puerta para denigrar y mostrar superioridad y jerarquía, cuando le gritas y hostigas  a tu empleado porqué sabes que necesita el trabajo y no va a renunciar,  cuando conviertes la lavandería en el cuarto de la “empleada”, cuando contratas personas para que te “agilicen” el trámite, cuando pagas para que saquen el permiso de las lunas polarizadas,  cuando  comes mejor que las personas que se quedan cuidando a tus hijos, cuando encierras a una persona en un container para evitar que te robe. Estos jóvenes trabajaban lijando fluorescentes para poder colocar una marca nueva y venderlo a un mejor valor. Quizás, para ser comprado por alguno de nosotros.

Somos cómplices porque sabemos que  detrás de nuestros actos, hay PERUANOS que no tienen la suerte de comer tres veces al día, que no tuvieron la suerte de terminar  la secundaria, que migraron a Lima para mejorar su “calidad de vida”, que vienen de hogares destruidos estructuralmente y moralmente,  y que son usados lavándoles el cerebro para delinquir, traficar y matar (si existe nuestra demanda por la informalidad, la oferta seguirá existiendo. Economía simple y en este caso, dolorosa), o como es el caso de estos jóvenes que trabajaron desde adolescentes para poder sostener sus familias, sus padres, hermanos o hijos. Se aprovecharon de sus necesidades y los esclavizaron con un trabajo de 20 soles diarios, 7 días a la semana  y encerrados.

No podemos  seguir educando a los niños como nos educaron a nosotros, porque el mundo en el cual crecimos es distinto al actual. Actualmente, los valores necesitan ser la base sólida de su educación por encima de lo técnico o idiomas,  una base que no se acomode según las circunstancias o el beneficio propio, una base amplia e igualitaria para todos y todas. No podemos caer en el statu quo de nuestras acciones esperando que la justicia y las autoridades  se encarguen o generen un cambio. Que nuestras acciones sean coherentes e imitables, que los hijos aprendan los valores de sus padres y no del colegio, empecemos a respetar las señales de tránsito con el mismo respeto que exigimos para nuestras hijas o hermanas, que nuestra diversidad de raza sea motivo de inflar el pecho como lo hacemos por el ceviche, que pensemos siempre en el otro como consecuencia de nuestras acciones.  Que levantemos nuestra voz cuando nuestro estómago y conciencia nos alertan que algo no es justo. Ya demostramos hace unos meses con nuestros compatriotas del norte, lo bondadosos, correctos y solidarios que podemos ser. Que los héroes de rojo y sin capa, se multipliquen y duren un poco más,  mucho tiempo más. ¡No seamos cómplices!

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